En la cuarta puerta apareció ella. Abrió unos diez centímetros. Me eché hacia adelante y empujé. Cerré la puerta después de entrar. Era un lindo departamento. Ella se quedó ahí parada mirándome. ¿Cuándo chillará? pensé.
Me acerqué a ella, la agarré por el pelo y por el culo y la besé. Ella me empujó, rechazándome. Aún llevaba ese vestido amarillo ceñido. Retrocedí y la cacheteé, con fuerza, cuatro veces. Cuando volví a agarrarla, la resistencia fue menor. Fuimos tambaleándonos por el piso. Le rajé el vestido por el cuello, le rompí la pechera, le arranqué el sostén. Eran unos pechos inmensos. Volcánicos. Los besé. Luego llegué a la boca. Le había levantado el vestido y estaba trabajando con los calzones. De pronto, cayeron. Y yo la tenía adentro. La atravesé ahí mismo, de pie. Después de hacerlo, la tiré de espaldas en el sofá. Su coño me miraba. Aún era tentador.
-Vete al baño- le dije-. Límpiate.
Fui al refrigerador. Había una botella de buen vino. Busqué dos vasos. Serví dos tragos. Luego ella salió y le di un vaso. Me senté en el sofá a su lado.
-¿Cómo te llamas?
-Vera.
-¿Te gustó?
-Sí. Me gusta que me violen. Sabía que estabas siguiéndome. Te esperaba. Cuando subí en el ascensor sin ti creí que habías perdido el valor. Sólo me habían violado una vez. A las mujeres guapas nos resulta muy difícil conseguir un hombre. Todo el mundo piensa que somos inaccesibles. Es un infierno.
¡Violación! ¡Violación! en Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones de CHARLES BUKOWSKI (1974).
Roberto llegó con un pañuelo negro en la mano. Se puso detrás de mí y me vendó, me dio vueltas y exclamó riendo: “Pareces la diosa fortuna”.
Sentí el interruptor de la luz y no logré ver nada más. Sentí los pasos y los susurros, luego dos manos me bajaron los pantalones, sacaron la polera y el sostén. Quedé en calzones y botas con taco aguja. Me vi vendada y desnuda.
De repente las manos fueron más, convirtiéndose en cuatro. Fue fácil distinguirlo ya que dos me palpaban los senos y dos bajaron, rozándome la verga sobre el calzón y me acariciaron el trasero. No logré sentir el olor de alcohol de Pino, quizás se lavó los dientes. Mientras empecé a excitarme sentí, detrás, el contacto con un objeto congelado, un vaso. Las manos siguieron tocándome, pero el vaso comprimió con más fuerza la piel. Asustada pregunté: “¿Quién es?”.
Una risita de fondo y luego una voz desconocida: “Tu barman, tesoro. No te preocupes, sólo te traje un trago”.
Me acercó el vaso a la boca y saboreé despacio la crema de whisky. Me lamí los labios y otra boca me besó con pasión mientras las manos siguieron acariciándome y el barman me dio que beber. Un cuarto hombre estaba besándome.
“Qué bonito culo tienes…”, dijo la voz desconocida, “blando, cándido, duro. ¿Puedo darte un mordisco?”.
Sonreí por la ridícula solicitud y contesté: “Error, no preguntes. Una cosa quiero saber: ¿cuántos son?”.
“Tranquila, amor”, dijo otra voz a mis hombros. Y sentí una lengua lamer las vértebras de mi espalda. Ahora la imagen que tuve de mí tuve fue más seductora: vendada, medio desnuda, cinco hombres que me lamen, me acarician y se atreven con mi cuerpo… No oí una voz, sólo suspiros y caricias.
Y cuando un dedo se coló despacio en mi vagina sentí un impulso caliente y entendí que la razón estaba abandonándome. Me sentí se rendida al toque de sus manos y en mí estuvo viva la curiosidad de saber quiénes eran, cómo eran.
Cien cepilladas antes de dormir, MELISSA P. (seudónimo de Melissa Panarello). 2003
Valérie se quitó el pantalón y la blusa. Yo me tumbé en la cama gemela. Los órganos sexuales son una fuente de placer permanente y disponible. El dios que nos hace desgraciados, que nos hace transitorios, vanos y crueles, también ha previsto esta débil forma de compensación. Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries. Y todo, además, completamente falto de interés: el endurecimiento de las fibras de colágeno, el crecimiento de las cavidades microbianas en las encías. Valérie separó las piernas encima de mi boca. Llevaba un calzón muy fino, de encaje malva. Aparté la tela y me humedecí los dedos para acariciarle los labios. Ella me abrió el pantalón y me cogió la verga en la palma de la mano. Empezó a acariciarme los testículos con suavidad, sin prisas. Yo doblé una almohada para tener la boca a la altura de su coño. En ese momento vi a una empleada que barría la arena de la terraza. Las cortinas estaban descorridas, y el ventanal abierto de par en par. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica resopló de risa. Valérie se enderezó e hizo un gesto para que se acercara. Ella se quedó donde estaba, dudosa, apoyada en la escoba. Valérie se levantó, dio unos pasos hacia ella y le tendió las manos.
Plataforma. MICHEL HOUELLEBECQ (2001)
me despierto. estoy tumbada apaciblemente y mis rodillas están abiertas al sol. le deseo y él está absolutamente dispuesto a servirme. en casa soy mahometana. de corazón soy una artista americana y no tengo la culpa. persigo el placer. persigo los nervios bajo vuestra piel. el estrecho pórtico. las capas. el rollo de vieja lechuga. adoramos el defecto. el lunar sobre el vientre de una ramera exquisita. una que no ha vendido su alma a dios.
Babelogo, en Babel. PATTI SMITH (1978, minúsculas de la autora). Foto de Autumn Sonnichsen.
Amor mío,
debo confesarte
que
los poetas, en general,
no todos, claro,
lo tienen
chico,
pero entusiasta.
Los pintores
en cambio,
lo tienen grande y gordo,
pero débil como una ballena agónica, varada en una costa equivocada.
Los milicos y los pacos,
imagino,
lo deben tener duro y arqueado,
como sus corvos,
El tuyo mi amor, en cambio,
es hermoso como un arcángel,
pero está lleno de veneno.
Algunas consideraciones acerca del estado del arte en Chile, en Abyecta. ELIZABETH NEIRA (2003).
Soy Candaules, rey de Lidia, pequeño país situado entre Jonia y Caria, en el corazón de aquel territorio que siglos más tarde llamarán Turquía. Lo que más me enorgullece de mi reino no son sus montañas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta, se enfrentan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotándolos, y a las bandas de fenicios, lacedemonios y a los nómadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer. Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas, ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensación que me embarga es ésa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad. Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen las leyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantasía de mis súbditos. (A mis oídos llegan todas pero a mí no me enojan, me halagan.) Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su más hechicero volumen. Cada hemisferio es un paraíso carnal; ambos, separados por una delicada hendidura de vello casi imperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades embriagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar en un altar de esa religión bárbara de los babilonios que la nuestra borro. Es dura al tacto y dulce a los labios; vasta al abrazo y cálida en las noches frías, una almohada tierna para reposar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora del asalto amoroso. Penetrarla no es fácil; doloroso más bien, al principio, y hasta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perseverante, que no se arredran ante nada ni nadie, como las mías. Cuando le dije a Giges, hijo de Dascilo, mi guardia y ministro, que yo estaba más orgulloso de las proezas cumplidas por mi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velámenes de nuestro tálamo que de mis hazañas en el campo de batalla o de la equidad con que imparto justicia, el festejo con carcajadas lo que creía una broma. Pero no lo era: lo estoy.
Elogio de la madrastra, MARIO VARGAS LLOSA (1988)
24
no
tengo fuerzas
ni para levantarme
a ver abrir el portón
a mi vecina en jumper.
25
¿se
habrá
quitado
la falda
con la que la
vi?
26
un largo beso
en la mejilla
le dio esa liceana
a ese liceano.
27
tetas que hacen olvidar un culo,
y culos que hacen olvidar todo lo demás.
28
lo redondito
enloquece.
29
cara de santa
cara de puta:
the best.
30
estoy tratando de distinguir
las pajas por vicio
de las pajas por amor.
33
y
cuando
no dé más
saldré a la
calle y me arrojaré
bajo las ruedas de la
primera mujer que pase.
Harakiri. Capítulo IV: Poesía hecha pedazos. CLAUDIO BERTONI (2005)
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se friegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.
12, en Espantapájaros. OLIVERIO GIRONDO (1932).
Basta de espiar por el ojo de la cerradura! ¡Basta de masturbarse en la oscuridad!. ¡Basta de confesiones públicas! ¡Qué salten las puertas de sus quicios! Quiero un mundo en el que la vagina esté representado por un rudo y honesto tajo, un mundo que sienta por los huesos y los contornos, los crudos colores primarios; un mundo que sienta miedo y respeto por sus orígenes animales.
Estoy harto de ver vaginas coquetas, disfrazadas, deformadas, idealizadas. Vaginas con las puntas de los nervios al aire. No quiero ver a las muchachas vírgenes masturbándose. En el secreto de sus habitaciones, o comiéndose las uñas, o arrancándose el pelo o echadas durante todo un capítulo en una cama llena de migas de pan.
Quiero los palos funerarios de Madagascar, con un animal encima de otro y en la cúspide Adán y Eva con un rudo y honesto tajo entre las piernas. Quiero hermafroditas que sean verdaderos hermafroditas, y no falsarios que caminan con penes atrofiados y vaginas secas. Quiero una pureza clásica, donde la porquería sea porquería y los ángeles sean ángeles.
Primavera negra, HENRY MILLER (1936).
Con licencia, señora, de ese pelo
que en rubias ondas llega a la cintura,
y de esos ojos cuya travesura
ardor infunde al pecho más de hielo;
con licencia del talle, que es modelo
propuesto por Cupido a la hermosura,
y de esa grata voz cuya dulzura
de un alma enamorada es el consuelo,
juro que nada en tu persona he visto
como el culo que tienes, soberano,
grande, redondo, grueso, limpio, listo;
culo fresco, suavísimo, lozano;
culo, en fin, que nació, ¡fuego de Cristo!,
para el mismo Pontífice romano.
Respuesta de don Tomás de Iriarte a una dama que le preguntó qué era lo mejor que hallaba de su cuerpo. TOMÁS DE IRIARTE (1750-1791).
La película terminó. Lilith condujo su coche en silencio por las calles obscuras. Los faros iluminaron otro automóvil aparcado a un lado y proyectaron su luz sobre una pareja que se estaba acariciando, pero no de la manera sentimental acostumbrada. La mujer estaba sentada sobre las rodillas del hombre, dándole la espalda, y él se mantenía rígido, con todo el cuerpo en la postura de quien persigue el climax sexual. Se hallaba en un estado tal que no pudo detenerse cuando las luces cayeron sobre él. Se mantuvo tieso, para percibir mejor a la mujer, que se movía como una persona medio desvanecida de placer.
Lilith suspiró ante aquella visión, y Mabel dijo:
–Desde luego les hemos pillado en el mejor momento.
Y se echó a reír. Así que Mabel conocía ese climax del que Lilith nada sabía.
Lilith quiso preguntarle: «¿Cómo es?» Pero pronto lo sabría. Pronto podría satisfacer todos esos deseos habitualmente experimentados sólo en sus fantasías, en las largas ensoñaciones que llenaban sus horas cuando estaba sola en casa. Se sentaba a pintar y pensaba: «Ahora entra un hombre del que estoy muy enamorada.
Entra en la habitación y dice: “Déjame que te desnude.” Mi marido nunca me desnuda. Se desnuda él, se mete en la cama, y si me desea me pide que apague la luz. Pero este hombre vendrá y me desnudará despacio, prenda por prenda. Eso me dará mucho tiempo para sentirlo, para notar sus manos sobre mí. Antes que nada, desatará mi cinturón y me acariciará la cintura con las dos manos. “¡Qué hermosa cintura tienes –me dirá–, qué flexible, qué gentil!” Luego me desabotonará la blusa con mucha lentitud, y yo sentiré sus manos desabrochando cada botón y tocándome poco a poco los pechos, hasta que salgan fuera de la blusa, y él se quede prendado de ellos y me succione los pezones como un niño, haciéndome un poco de daño con los dientes, y yo sentiré que todo mi cuerpo se estremece, que mis nervios se relajan, que me derrito. El se impacientará con la falda, y la rasgará un poco, de tanto que me deseará. No apagará la luz.
Permanecerá mirándome con deseo, admirándome, adorándome, calentándome el cuerpo con las manos, esperando a que esté completamente excitada, en todos los rincones de mi piel.» ¿La estaba afectando la yohimbina? No, estaba lánguida, y su fantasía empezaba a actuar de nuevo, una y otra vez, pero eso era todo. Sin embargo, la visión de la pareja en el automóvil y su estado de éxtasis era algo que deseaba conocer.
Cuando llegó a casa, su marido estaba leyendo. La miró y le sonrió maliciosamente. Ella no quería confesar que no se sentía excitada en absoluto. Estaba muy decepcionada de sí misma. ¿Qué clase de mujer fría era, que nada podía afectarla, ni tan siquiera lo que había dado fuerzas a un caballero del siglo XVIII para hacer el amor tres días y tres noches sin parar? ¡Qué monstruo era! Nadie debía saberlo, ni su marido. Se reiría de ella y acabaría buscándose otra mujer más sensible.
Así que empezó a quitarse la ropa ante él, yendo de un lado a otro medio desnuda y cepillándose el cabello frente al espejo. Normalmente, nunca hacía eso. No quería que él la deseara; eso no la complacía. El amor era una cosa que había que hacer con rapidez, para que él gozara. Para ella era un sacrificio. No participaba de la excitación ni del goce de él, que le resultaban repulsivos. Se sentía como una furcia sin sentimiento que a cambio del amor y la devoción de su marido le arrojaba su cuerpo vacío e insensible. La abrumaba estar tan muerta dentro de su cuerpo.
Pero cuando al cabo se deslizó en la cama, su marido le dijo: –Me parece que la yohimbina no te ha afectado mucho. Tengo sueño. Despiértame si… Lilith trató de dormir, pero seguía esperando que la invadiera un deseo salvaje. Al cabo de una hora, se levantó y fue al cuarto de baño.
Tomó el tubito y se tragó unas diez pildoras, pensando: «Ahora funcionará.» Y aguardó. Durante la noche, el marido pasó a su cama, pero ella tenía el sexo tan poco dispuesto que no se le humedecía lo más mínimo y tuvo que lubricarle el pene con saliva. A la mañana siguiente se levantó llorando. Su marido la interrogó, y ella le confesó la verdad. El se echó a reír.
–¡Pero Lilith! Era una broma. No era yohimbina. Te gasté una broma….
Lilith, en Delta de Venus. ANÄIS NIN (1939).
—Le explico pues que tú te has ido un mes al campo y que me encargaste hacer unas compras. Ella pregunta qué quieres. Le insinúo con mucho tacto que, en lo que se refiere a ropa interior, tú jamás decides sin mí y que, a fin de cuentas, lo que tú quieres no es más que un reflejo de mi deseo. Ella bajó un poco la cabeza. Con dos dedos se la levanté por la barbilla, y obligándola a cruzar mi mirada, le dije secamente que ella debía saber, dado el tiempo que frecuentábamos su tienda, hacia qué artículos se inclinaba mi gusto. Que me mostrara pues lo que podía complacerme. Abrió varios cajones y, con una mano visiblemente emocionada, extrajo unas cuantas cositas. La verdad es que dos o tres no me dejaron indiferente, pero yo tenía mi idea. Adivinas ya cuál es. Me limité a toquetear en silencio aquella ropa mirándola fijamente a los ojos.
—¡Debía estar muy turbada!
—Tanto, creo, como si le hubiera metido mano por debajo de la falda. Y era eso precisamente… a esa idea a la que deseaba llevarla al arrugar ante ella la imagen de lo que apretaba su grupa o de lo que tensaban sus medias. Luego le dije que todo aquello no me tentaba nada. Añadí, con notable mala fe, que lo que ella me proponía revelaba una inaceptable fantasía –o en todo caso que yo rechazaba. Ella creyó pertinente recurrir entonces tímidamente a la moda. Así que simulé enfadarme, señalándole con frialdad que me horrorizaba aquella moda tan manifiestamente sometida a la noción de espectáculo. ¿Qué placer podía sentirse al sorprender, al descubrir, algo que había sido concebido para ser visto? Entrever debajo de una falda que se levanta una combinación estampada de margaritas, leotardos bordados o calzoncillos de abuelita estrangulando la rodilla, me parecía una broma que a gusto dejaba para los aficionados al circo. Tenía una idea más elevada de la ropa y todo lo que tocaba el cuerpo de mi amante era para mí sagrado. ¿Acaso tenía yo que tener ganas de reírme al desnudarla? Ella me señaló que no, los ojos fijos en los artículos bastante graciosos, ya te lo dije que se amontonaban encima del mostrador de cristal. Hacía calor en la boutique ahogada entre cortinas y alfombras y, muy lejos, al otro lado del espejo, apenas si se oía la respiración de París bajo el sol de la tormenta. Y sentí que había llegado el momento.
«—Me gustaría— le dije con una voz de pronto llena de dulzura — que usted cerrara un momento la boutique.
«Ella alzó hacia mí una mirada deliciosamente atemorizada
«—¿Por qué?
«—Ya lo verá.
«Durante un segundo pareció consultarse, luego, echando atrás su pelo rubio con un movimiento de cabeza, obedeció. Entreabrí la cortina de terciopelo azul. Tuvo entonces otro momento de duda. “Entre”, le dije —y pasó delante de mí. Conoces el probador… su mano acalorada, seguí en voz baja: “Escúchame. Estoy convencido de que usted me ha entendido —porque usted, porque usted sabe qué es la decencia… y el placer que puede sentirse al forzarla. Lo que quiero para Claudia es inútil que lo busque en sus cajones: lo lleva usted misma”.
Sentí su mano crisparse en la mía. “Sí, Claudia y yo nos queremos, y usted nos envidia, lo sé. Lo que usted se quitará y me entregará hará que usted esté entre nosotros mañana cuando la desnude a ella. Levántese el vestido.”»
La pequeña María. SYLVAIN SAULNIER (1972)
Hay amor de fuego, hay amor herrumbroso,
pero el más feroz y limpio es lujurioso.
Su lujuria fue brutal. En ella tañían
los martillos, la piedra, la acería;
y había antorchas salvajes y rugientes,
de las que parten el hierro, dejan al hombre invidente;
de largos trenes que retumban en grutas
bajo calles grises, temblorosas, como truenos de furia;
de motores que palpitan y expulsan ronco vapor;
de muchedumbres que pisan y son un gran clamor.
La lujuria era tanta que de haberles arrancado
la carne del puro hueso, ni se hubieran enterado.
La fiesta salvaje. JOSEPH MONCURE MARCH (1928).
Una vez, hace ya muchos años, vino a verla Tomás y le llamó la atención el sombrero. Se lo puso y se miró en un gran espejo que, como ahora, estaba entonces apoyado a la pared de su estudio praguense. Quería comprobar qué tal quedaría de alcalde del siglo pasado. Cuando Sabina empezó a desnudarse lentamente, le puso el sombrero en la cabeza. Estaban ante el espejo (siempre estaban delante de él mientras se desnudaban) y se miraban. Ella estaba sólo en ropa interior y en la cabeza llevaba el sombrero hongo. De pronto comprendió que aquella imagen los excitaba a los dos.
¿Cómo podía haber sucedido? No hacía más que un momento, el sombrero que llevaba puesto le parecía una broma. ¿Es que no hay más que un paso de lo ridículo a lo excitante? En efecto. Aquella vez, al mirarse al espejo, no vio en los primeros instantes más que una situación graciosa. Pero inmediatamente lo cómico quedó oculto tras lo excitante: el sombrero hongo no representaba una broma, sino una violencia; una violencia respecto a Sabina, a su dignidad femenina. Se veía con las piernas desnudas, con las bragas de tela fina, a través de la cual se transparentaba el pubis. La ropa interior resaltaba sus encantos femeninos y el duro sombrero masculino negaba, violaba, ridiculizaba aquella femineidad. Tomás estaba a su lado vestido, de lo cual se desprendía que la esencia de lo que veían los dos no era la broma (en ese caso él también debería haber estado en ropa interior y sombrero hongo), sino la humillación. Ella, en lugar de rechazar la humillación, la ponía en evidencia orgullosa y provocativamente, como si permitiera que la violaran pública y voluntariamente, y de pronto ya no pudo más y arrastró a Tomás al suelo. El sombrero hongo rodó debajo de la mesa, mientras ellos se estremecían en la alfombra al pie del espejo.
La insoportable levedad del ser. MILAN KUNDERA (1984).