Tenerlo en la boca es una sensación extraña. Es como si de pronto todo el cuerpo del hombre, todo, se hubiera encogido y reducido a esa única cosa. Y entonces crece y te llena la boca. Se convierte en algo rebosante de fuerza, pero a la vez sigue siendo frágil y vulnerable. Podría asfixiarme. O yo podría arrancarlo de un bocado. Y cuando crece, soy yo quien le da vida; mi aliento lo mantiene, y se desenrosca como una lengua enorme. Me ha gustado lo que ha salido de ti: como cera caliente, se fundía de pronto sobre mí, en mi cuello y mis pechos y mi abdomen. Me sentía como si me bautizaran: era tan blanco y puro.
Pasos. JERZY KOSINSKY (1968).
(Citado en www.jotdown.es/2013/04/abre-la-boca-y-cierra-los-ojos-apologia-del-sexo-oral / Colaboración de @mnataliac)

Tenerlo en la boca es una sensación extraña. Es como si de pronto todo el cuerpo del hombre, todo, se hubiera encogido y reducido a esa única cosa. Y entonces crece y te llena la boca. Se convierte en algo rebosante de fuerza, pero a la vez sigue siendo frágil y vulnerable. Podría asfixiarme. O yo podría arrancarlo de un bocado. Y cuando crece, soy yo quien le da vida; mi aliento lo mantiene, y se desenrosca como una lengua enorme. Me ha gustado lo que ha salido de ti: como cera caliente, se fundía de pronto sobre mí, en mi cuello y mis pechos y mi abdomen. Me sentía como si me bautizaran: era tan blanco y puro.

Pasos. JERZY KOSINSKY (1968).

(Citado en www.jotdown.es/2013/04/abre-la-boca-y-cierra-los-ojos-apologia-del-sexo-oral / Colaboración de @mnataliac)

Y el muy bárbaro, en el mismo momento en que casi gozaba del frenesí de no llegar a gozar, decidió sodomizarme. Su monstruoso glande me dilató el ano con una fuerza terrible, lo ahuecó a su alrededor hasta el punto que creí que iba a estallar, empujó, forzó hasta que yo, sin poder contener un grito desgarrador, me meé de dolor. Prosiguió sin piedad su esfuerzo hasta el momento en que el borde del enorme capullo de carne, como la muesca de una punta de flecha, hubo franqueado el miserable anillo, atrozmente distendido. Y de pronto, a la manera de un corcho que salta fuera de una botella de vino espumoso, la masa del glande brotó en mis entrañas y pareció hundirse en ellas hasta el infinito, propulsada por la estremecedora longitud y el peso de la verga… Me daba cuenta de que hasta entonces no había sabido darle valor a las palabras. No se sabe qué es ser violada, sondeada y hurgada en el corazón de las entrañas hasta que la estaca de un hombre, sobre todo si tiene el tamaño de la de Ra-Hau, no nos ha abierto por la fuerza el ano, no se ha hundido, en un salto monstruoso dentro de nosotras, no se ha alojado toda ella en lo que parece ser lo más estrecho, lo más secreto, lo más privado del cuerpo. Para decirlo todo, la sensación es tanto más espantosa cuanto que la verga no llena las entrañas, como puede llenar la vagina. Tras el primer desgarramiento de la penetración, se diría realmente que se mueve en libertad, que se agita y retoza en una especie de vacío, mientras que, atrás, el ano permanece separado hasta el límite de su resistencia alrededor de la raíz, que a su pesar estrecha como para agarrarla, como para impedir que se vaya mientras ella lo tortura. Desesperadamente se descarta rechazarla, expulsarla, al sentir en el fondo, en el fondo de las entrañas, esta sensación de vacío, la enloquecedora ausencia del contacto de las mucosas con las mucosas, de la carne con la carne. No obstante, a pesar del intolerable sufrimiento, de esta atroz dilatación del ano, una vuelve en sí y al furioso deseo de la sensación. A cualquier precio se desearía arrancar el monstruoso cuerpo extraño y, al mismo tiempo, se hace continuamente el esfuerzo para conservarlo precisamente con el fin de sentirlo, ya que sólo así se logra sentir, aun a costa del desgarro y del dolor. Así, en lugar de permanecer simplemente ensartada y de intentar disminuir en lo posible este dolor evitando todo movimiento, acomodándome lo mejor posible a la enorme verga de Ra-Hau e impidiéndole a él también moverse dentro de mí, no podía evitar avanzar y retroceder todo el cuerpo, y por consiguiente el ano, a su alrededor, al igual que correría una anilla por una varilla monstruosa, cuando sentía la más punzante sensación que coincidía con el momento en que alcanzaba, recobraba y reconocí, por así decirlo, el más conmovedor placer. Ese era el momento en que, al ir hacia adelante todo lo que podía, obligaba también al glande de mi amante a retroceder dentro de mí todo lo que podía, hasta el cuello mismo del ano, distendiéndolo aún más y presto a salir de él en un último desgarramiento. En este preciso instante, en que el glande de Ra-Hau en toda su ancha plenitud rozaba las estrechas paredes de mi ojete e iba a salir de él, a tirarse fuera de mí, fuera de mi cuerpo y de mi alma, al aire libre, el sufrimiento se volvía intolerable y lanzaba un grito terrible. Pero este roce en el umbral de mi cuerpo me sacudía de los pies a la cabeza en una sola frenética convulsión de placer y, en el momento mismo del sufrimiento y del goce, recobraba la fuerza que me impulsaba de nuevo al encuentro del cuerpo de Ra-Hau, y me deslizaba por su verga, que era su cuerpo y su alma, para atraparla toda, impedir que se escapase, tragarla y engullirla de nuevo con mi ano y de nuevo sentirla estirarse toda ella lentamente en mis entrañas, hasta lo más profundo de mí. El propio Ra-Hau ya no contenía los gritos de alegría y de dolor que entremezclados, parecían relinchos. Mucho mejor que con los músculos del cuello vaginal, lograba aprisionarle el glande a medida que lo acercaba a mi ano de fuera para dentro, y por momentos él podría pensar que acabaría por arrancar de su vientre, sorber y guardar irreversiblemente en el mío su propia verga, toda entera. Cuando hice brotar de él y le extirpé la savia misma de su placer, como el jugo de un fruto aplastado entre los dedos, lanzó un verdadero aullido, yo también grité y sentí con fulgurante claridad el chorro ardiente que se desparramaba y que inundaba de vida las sombrías cavernas de mi cuerpo. Al igual que la primera vez que me jodió, rodé por la hierba al mismo tiempo que la verga, cual una goma que se estira y se retracta, salió de mi ano, y de mí. Ra-Hau, por su lado, también se derrumbó como bajo el golpe de un mazazo.
Cruel Zelanda, JACQUES SERGUINE. (1978).

Y el muy bárbaro, en el mismo momento en que casi gozaba del frenesí de no llegar a gozar, decidió sodomizarme. Su monstruoso glande me dilató el ano con una fuerza terrible, lo ahuecó a su alrededor hasta el punto que creí que iba a estallar, empujó, forzó hasta que yo, sin poder contener un grito desgarrador, me meé de dolor. Prosiguió sin piedad su esfuerzo hasta el momento en que el borde del enorme capullo de carne, como la muesca de una punta de flecha, hubo franqueado el miserable anillo, atrozmente distendido. Y de pronto, a la manera de un corcho que salta fuera de una botella de vino espumoso, la masa del glande brotó en mis entrañas y pareció hundirse en ellas hasta el infinito, propulsada por la estremecedora longitud y el peso de la verga… Me daba cuenta de que hasta entonces no había sabido darle valor a las palabras. No se sabe qué es ser violada, sondeada y hurgada en el corazón de las entrañas hasta que la estaca de un hombre, sobre todo si tiene el tamaño de la de Ra-Hau, no nos ha abierto por la fuerza el ano, no se ha hundido, en un salto monstruoso dentro de nosotras, no se ha alojado toda ella en lo que parece ser lo más estrecho, lo más secreto, lo más privado del cuerpo. Para decirlo todo, la sensación es tanto más espantosa cuanto que la verga no llena las entrañas, como puede llenar la vagina. Tras el primer desgarramiento de la penetración, se diría realmente que se mueve en libertad, que se agita y retoza en una especie de vacío, mientras que, atrás, el ano permanece separado hasta el límite de su resistencia alrededor de la raíz, que a su pesar estrecha como para agarrarla, como para impedir que se vaya mientras ella lo tortura. Desesperadamente se descarta rechazarla, expulsarla, al sentir en el fondo, en el fondo de las entrañas, esta sensación de vacío, la enloquecedora ausencia del contacto de las mucosas con las mucosas, de la carne con la carne. No obstante, a pesar del intolerable sufrimiento, de esta atroz dilatación del ano, una vuelve en sí y al furioso deseo de la sensación. A cualquier precio se desearía arrancar el monstruoso cuerpo extraño y, al mismo tiempo, se hace continuamente el esfuerzo para conservarlo precisamente con el fin de sentirlo, ya que sólo así se logra sentir, aun a costa del desgarro y del dolor. Así, en lugar de permanecer simplemente ensartada y de intentar disminuir en lo posible este dolor evitando todo movimiento, acomodándome lo mejor posible a la enorme verga de Ra-Hau e impidiéndole a él también moverse dentro de mí, no podía evitar avanzar y retroceder todo el cuerpo, y por consiguiente el ano, a su alrededor, al igual que correría una anilla por una varilla monstruosa, cuando sentía la más punzante sensación que coincidía con el momento en que alcanzaba, recobraba y reconocí, por así decirlo, el más conmovedor placer. Ese era el momento en que, al ir hacia adelante todo lo que podía, obligaba también al glande de mi amante a retroceder dentro de mí todo lo que podía, hasta el cuello mismo del ano, distendiéndolo aún más y presto a salir de él en un último desgarramiento. En este preciso instante, en que el glande de Ra-Hau en toda su ancha plenitud rozaba las estrechas paredes de mi ojete e iba a salir de él, a tirarse fuera de mí, fuera de mi cuerpo y de mi alma, al aire libre, el sufrimiento se volvía intolerable y lanzaba un grito terrible. Pero este roce en el umbral de mi cuerpo me sacudía de los pies a la cabeza en una sola frenética convulsión de placer y, en el momento mismo del sufrimiento y del goce, recobraba la fuerza que me impulsaba de nuevo al encuentro del cuerpo de Ra-Hau, y me deslizaba por su verga, que era su cuerpo y su alma, para atraparla toda, impedir que se escapase, tragarla y engullirla de nuevo con mi ano y de nuevo sentirla estirarse toda ella lentamente en mis entrañas, hasta lo más profundo de mí. El propio Ra-Hau ya no contenía los gritos de alegría y de dolor que entremezclados, parecían relinchos. Mucho mejor que con los músculos del cuello vaginal, lograba aprisionarle el glande a medida que lo acercaba a mi ano de fuera para dentro, y por momentos él podría pensar que acabaría por arrancar de su vientre, sorber y guardar irreversiblemente en el mío su propia verga, toda entera. Cuando hice brotar de él y le extirpé la savia misma de su placer, como el jugo de un fruto aplastado entre los dedos, lanzó un verdadero aullido, yo también grité y sentí con fulgurante claridad el chorro ardiente que se desparramaba y que inundaba de vida las sombrías cavernas de mi cuerpo. Al igual que la primera vez que me jodió, rodé por la hierba al mismo tiempo que la verga, cual una goma que se estira y se retracta, salió de mi ano, y de mí. Ra-Hau, por su lado, también se derrumbó como bajo el golpe de un mazazo.

Cruel Zelanda, JACQUES SERGUINE. (1978).

cuandose fuerontú y tu amigatomé tus pantaloneslos lamí entre las piernastanto que los empapé y me asusté encendí un plato de la cocina y los seque perosin darme cuenta los queméme asusté más todavía y memasturbé mirando una de las diapositivas que vimos contu amiga en la que aparecesde boca de polera cortita yde vulva gorda y pedregosa.No faltaba más, CLAUDIO BERTONI (2005).

cuando
se fueron
tú y tu amiga
tomé tus pantalones
los lamí entre las piernas
tanto que los empapé y me
asusté encendí un plato de
la cocina y los seque pero
sin darme cuenta los quemé
me asusté más todavía y me
masturbé mirando una de las
diapositivas que vimos con
tu amiga en la que apareces
de boca de polera cortita y
de vulva gorda y pedregosa.

No faltaba más, CLAUDIO BERTONI (2005).

Follándome con el puño a Cassie Wright, fuerte, doblándole una pierna tanto que tiene la rodilla en la cara, oí que la chica del cronómetro decía:
-Tiempo
Sin dejar de follar, después de darle la vuelta y mientras me la culeaba de lado, con las piernas de ella abiertas como tijeras, oí que Cassie Wright decía:
-Este tipo folla como si tuviera algo que demostrar.
Metiéndosela como perro, en cuatro patas, agarrándole a manos llenas la piel mojada del culo, oí que Cassie Wright decía:
-¡Sácame de encima a este cabrón!
Unas manos me agarraron por detrás. Unos dedos me desprendieron los dedos de los muslos de ella. Tiraron de mí hacia atrás hasta que solo mi verga todavía estaba en contacto con ella, y yo seguí dando golpes con las caderas hasta que solo tenía la punta de la pichula dentro de ella, hasta que me separaron de ella y mis bolas soltaron chorro tras chorro de semen sobre su culo.
En el otro extremo de su cuerpo la boca de Cassie Wright dijo:
-¿Estás filmando esto?
El director respondió:
-Esto lo usamos para el tráiler.




Snuff, CHUCK PALAHNIUK (2008).

Follándome con el puño a Cassie Wright, fuerte, doblándole una pierna tanto que tiene la rodilla en la cara, oí que la chica del cronómetro decía:

-Tiempo
Sin dejar de follar, después de darle la vuelta y mientras me la culeaba de lado, con las piernas de ella abiertas como tijeras, oí que Cassie Wright decía:
-Este tipo folla como si tuviera algo que demostrar.
Metiéndosela como perro, en cuatro patas, agarrándole a manos llenas la piel mojada del culo, oí que Cassie Wright decía:
-¡Sácame de encima a este cabrón!
Unas manos me agarraron por detrás. Unos dedos me desprendieron los dedos de los muslos de ella. Tiraron de mí hacia atrás hasta que solo mi verga todavía estaba en contacto con ella, y yo seguí dando golpes con las caderas hasta que solo tenía la punta de la pichula dentro de ella, hasta que me separaron de ella y mis bolas soltaron chorro tras chorro de semen sobre su culo.
En el otro extremo de su cuerpo la boca de Cassie Wright dijo:
-¿Estás filmando esto?
El director respondió:
-Esto lo usamos para el tráiler.
Snuff, CHUCK PALAHNIUK (2008).
Que al solo reflejo de mi nombre en tu pupila te estalle el dolor,que tu piel sea corrupta de mí, que te rasgues en dos si me ves a lo lejos,que te estremezcas y sobrecojas al solo creer oír mi voz, quecada vez que entres en una mujer, ansiando entrar en mí, te sientasprofanándola con los pies descalzos. Que ya no seas, que teenrarezcas y te pierdas de ti, roído de dolor, que deambulesarrojado al infierno de esas calles donde no me encontrarás, quetransites por aquellas que piso aborreciendo el desgarro de tuspuños crispados al no hallarme. Que te arrastres por otros cuerpos,reptando y mordiéndote los labios ensangrentados para no nombrarme,que el pensamiento lo tengas enredado a mi pubis, encadenado a la rabia demi olor, que te arrases, te devastes completando la obsesión, quetoda yo sea la herida abierta en tu piel ardiente y repudiada, que tesobresaltes al roce, que te retuerzas hechizado y necesites másllagas para respirar al final borrascoso de tu abismo.Que desees morir, soberbio en tu goce perturbado, que rasgues tu pielbuscándome, que la ira te relegue a un rincón oscuro de tucuarto y te estés allí, acurrucado, perdido, las manosaferradas a tu sexo que estalla de mí sabiéndome lejos y palpes laviscosa soledad que te escurre para ir envejeciendo así, encorvadopor la irremediable, la torturante certeza desolada de no haberme tenidonunca, de dolerte siempre, mientras me sabes aquí; en esta noche,perpetrando este designio maldito.
 
Maldición, PÍA BARROS.
(vía pornoforlife.tumblr.com)

Que al solo reflejo de mi nombre en tu pupila te estalle el dolor,
que tu piel sea corrupta de mí, que te rasgues en dos si me ves a lo lejos,
que te estremezcas y sobrecojas al solo creer oír mi voz, que
cada vez que entres en una mujer, ansiando entrar en mí, te sientas
profanándola con los pies descalzos. Que ya no seas, que te
enrarezcas y te pierdas de ti, roído de dolor, que deambules
arrojado al infierno de esas calles donde no me encontrarás, que
transites por aquellas que piso aborreciendo el desgarro de tus
puños crispados al no hallarme. Que te arrastres por otros cuerpos,
reptando y mordiéndote los labios ensangrentados para no nombrarme,
que el pensamiento lo tengas enredado a mi pubis, encadenado a la rabia de
mi olor, que te arrases, te devastes completando la obsesión, que
toda yo sea la herida abierta en tu piel ardiente y repudiada, que te
sobresaltes al roce, que te retuerzas hechizado y necesites más
llagas para respirar al final borrascoso de tu abismo.
Que desees morir, soberbio en tu goce perturbado, que rasgues tu piel
buscándome, que la ira te relegue a un rincón oscuro de tu
cuarto y te estés allí, acurrucado, perdido, las manos
aferradas a tu sexo que estalla de mí sabiéndome lejos y palpes la
viscosa soledad que te escurre para ir envejeciendo así, encorvado
por la irremediable, la torturante certeza desolada de no haberme tenido
nunca, de dolerte siempre, mientras me sabes aquí; en esta noche,
perpetrando este designio maldito.

 

Maldición, PÍA BARROS.

(vía pornoforlife.tumblr.com)

Clean (2011), 

Después de comer, subí al camarote y Grace subió conmigo. Era la más alta de las tres. Nunca había estado en la cama con una mujer tan alta. La besé. Su lengua me respondió. Mujeres, pensé, las mujeres son mágicas. ¡Qué seres tan maravillosos! Subí por debajo de su vestido y le tiré los calzones. Había un largo camino que recorrer.
–¿Qué estás haciendo? -me susurró.
–Te estoy bajando las bragas.
–¿Para qué?
–Te voy a follar.
–Sólo quiero calentarme.
–Te voy a follar.
–Laura es amiga mía. Yo soy la mujer de Wilbur.
–Te voy a follar.
–¿Qué estás haciendo?
–Estoy tratando de meterla.
–¡No!
–Maldita sea, ayúdame.
–La metes tú solito.
–Ayúdame.
–Métela tú solito. Laura es mi amiga.
–¿Y qué vas a sacar de eso?
–¿Qué?
–Olvídalo.
–Mira, no estoy todavía preparada.
–Aquí está mi dedo.
–Ay, con cuidado. Muéstrale a una dama un poco de respeto.
–Está bien, está bien. ¿Es mejor así?
– Así está mejor. Más arriba. Ahí. ¡Ahí! Así…
–No empieces de trote-pelote ahora ¿eh? -dijo Laura.
–No, sólo la estoy ayudando a calentarse.
–Me pregunto cuándo volverá Wilbur -dijo Jerry.
–Me importa un carajo si no vuelve nunca -dije yo, metiéndosela por fin a Grace. Ella gimió. Era algo bueno. Fui muy lentamente. Midiendo mis sacudidas. No se me salía fuera como con Jerry.
–Tú, podrido hijo de puta -dijo Grace-, cabronazo, Laura es mi amiga.
–Te estoy jodiendo -dije-, siente esta salchicha recorriéndote el cuerpo dentro y fuera, dentro y fuera, dentro y fuera, flup, flup, flup.
–No hables así, me estás poniendo cachonda.
–Te estoy jodiendo -seguí-, joder, joder, jodida jo-diendo, estamos jodiendo, estamos jodiendo, estamos jodiendo. Oh, es tan guarro, es tan cochino, este joder y joder y joder…
–Maldita sea, para ya.
–Se está haciendo más grande y más grande. ¿Lo notas?
–Sí, sí…
–Me voy a correr, Cristo, me voy a correr…
Me corrí y me eché a un lado.
–Me has violado, hijo de puta, me has violado -me dijo en voz baja-. Se lo voy a tener que decir a Laura.
–Anda, cuéntaselo. ¿Piensas que se lo va a creer?
 
 Factotum, CHARLES BUKOWSKI (1975)

Después de comer, subí al camarote y Grace subió conmigo. Era la más alta de las tres. Nunca había estado en la cama con una mujer tan alta. La besé. Su lengua me respondió. Mujeres, pensé, las mujeres son mágicas. ¡Qué seres tan maravillosos! Subí por debajo de su vestido y le tiré los calzones. Había un largo camino que recorrer.

–¿Qué estás haciendo? -me susurró.

–Te estoy bajando las bragas.

–¿Para qué?

–Te voy a follar.

–Sólo quiero calentarme.

–Te voy a follar.

–Laura es amiga mía. Yo soy la mujer de Wilbur.

–Te voy a follar.

–¿Qué estás haciendo?

–Estoy tratando de meterla.

–¡No!

–Maldita sea, ayúdame.

–La metes tú solito.

–Ayúdame.

–Métela tú solito. Laura es mi amiga.

–¿Y qué vas a sacar de eso?

–¿Qué?

–Olvídalo.

–Mira, no estoy todavía preparada.

–Aquí está mi dedo.

–Ay, con cuidado. Muéstrale a una dama un poco de respeto.

–Está bien, está bien. ¿Es mejor así?

– Así está mejor. Más arriba. Ahí. ¡Ahí! Así…

–No empieces de trote-pelote ahora ¿eh? -dijo Laura.

–No, sólo la estoy ayudando a calentarse.

–Me pregunto cuándo volverá Wilbur -dijo Jerry.

–Me importa un carajo si no vuelve nunca -dije yo, metiéndosela por fin a Grace. Ella gimió. Era algo bueno. Fui muy lentamente. Midiendo mis sacudidas. No se me salía fuera como con Jerry.

–Tú, podrido hijo de puta -dijo Grace-, cabronazo, Laura es mi amiga.

–Te estoy jodiendo -dije-, siente esta salchicha recorriéndote el cuerpo dentro y fuera, dentro y fuera, dentro y fuera, flup, flup, flup.

–No hables así, me estás poniendo cachonda.

–Te estoy jodiendo -seguí-, joder, joder, jodida jo-diendo, estamos jodiendo, estamos jodiendo, estamos jodiendo. Oh, es tan guarro, es tan cochino, este joder y joder y joder…

–Maldita sea, para ya.

–Se está haciendo más grande y más grande. ¿Lo notas?

–Sí, sí…

–Me voy a correr, Cristo, me voy a correr…

Me corrí y me eché a un lado.

–Me has violado, hijo de puta, me has violado -me dijo en voz baja-. Se lo voy a tener que decir a Laura.

–Anda, cuéntaselo. ¿Piensas que se lo va a creer?

 

 Factotum, CHARLES BUKOWSKI (1975)

Dame tu sucio amor que se quema sin llamas, mi corazón ha afollado, derramado en su vicio, alojado en su tumor, labré mi dolor en la peor herrería, el barro cubre mis pies, me he revolcado en un amor bastardo, con la holgadura de una delincuente cercené, arrojé la dura carga de amar en la soledad, en medio de la caída y el desfallecimiento, dame ese amor sucio, lastima mi alma, cúbreme.




Guardo las marcas de tus mordeduras, asílome a la piel como mi mordaza en silencio.





Nos habíamos amado tanto, frotó sus partes íntimas en pedazos de mi cuerpo, dislocó mi cuello, me dejó llevar por el dolor, callándose en mi boca jadeó sin un asomo de duda, curtiendo, pegándose como una lacra, los quejidos volcados en palabras comunes, la saliva amarga cayéndole a un lado del rostro, bastaba el recurrente certero y condensado de un punto en la realidad, el espacio donde el amor podría cojear dentro nuestro, pero siempre, le dije, ha quedado el agrio sabor de ser aplanada por la mediocridad.
Dame tu sucio amor, MALÚ URRIOLA (1994)

Dame tu sucio amor que se quema sin llamas, mi corazón ha afollado, derramado en su vicio, alojado en su tumor, labré mi dolor en la peor herrería, el barro cubre mis pies, me he revolcado en un amor bastardo, con la holgadura de una delincuente cercené, arrojé la dura carga de amar en la soledad, en medio de la caída y el desfallecimiento, dame ese amor sucio, lastima mi alma, cúbreme.



Guardo las marcas de tus mordeduras, asílome a la piel como mi mordaza en silencio.




Nos habíamos amado tanto, frotó sus partes íntimas en pedazos de mi cuerpo, dislocó mi cuello, me dejó llevar por el dolor, callándose en mi boca jadeó sin un asomo de duda, curtiendo, pegándose como una lacra, los quejidos volcados en palabras comunes, la saliva amarga cayéndole a un lado del rostro, bastaba el recurrente certero y condensado de un punto en la realidad, el espacio donde el amor podría cojear dentro nuestro, pero siempre, le dije, ha quedado el agrio sabor de ser aplanada por la mediocridad.

Dame tu sucio amor, MALÚ URRIOLA (1994)

En la cuarta puerta apareció ella. Abrió unos diez centímetros. Me eché hacia adelante y empujé. Cerré la puerta después de entrar. Era un lindo departamento. Ella se quedó ahí parada  mirándome.  ¿Cuándo chillará? pensé.
Me acerqué a ella, la agarré por el pelo y por el culo y la besé.  Ella me empujó, rechazándome. Aún llevaba ese vestido amarillo ceñido.  Retrocedí y la cacheteé, con fuerza, cuatro veces. Cuando volví a agarrarla, la resistencia fue menor. Fuimos tambaleándonos por el piso. Le rajé el vestido por el cuello, le rompí la pechera, le arranqué el sostén. Eran unos pechos inmensos.  Volcánicos. Los besé. Luego llegué a la boca. Le había levantado el vestido y estaba trabajando con los calzones. De pronto, cayeron.  Y yo la tenía adentro. La atravesé ahí mismo, de pie. Después de hacerlo, la tiré de espaldas en el sofá. Su coño me miraba. Aún era tentador.
-Vete al baño- le dije-.  Límpiate.
Fui al refrigerador.  Había una botella de buen vino. Busqué dos vasos. Serví  dos tragos. Luego ella salió y le di un vaso. Me senté en el sofá a su lado.
-¿Cómo te llamas?
-Vera.
-¿Te gustó?
-Sí. Me gusta que me violen. Sabía que estabas siguiéndome. Te esperaba. Cuando subí en el ascensor sin ti creí que habías perdido el valor. Sólo me habían violado una vez. A las mujeres guapas nos resulta muy difícil conseguir un hombre. Todo el mundo piensa que somos inaccesibles. Es un infierno.

¡Violación!  ¡Violación! en Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones de CHARLES BUKOWSKI (1974).

En la cuarta puerta apareció ella. Abrió unos diez centímetros. Me eché hacia adelante y empujé. Cerré la puerta después de entrar. Era un lindo departamento. Ella se quedó ahí parada  mirándome.  ¿Cuándo chillará? pensé.

Me acerqué a ella, la agarré por el pelo y por el culo y la besé.  Ella me empujó, rechazándome. Aún llevaba ese vestido amarillo ceñido.  Retrocedí y la cacheteé, con fuerza, cuatro veces. Cuando volví a agarrarla, la resistencia fue menor. Fuimos tambaleándonos por el piso. Le rajé el vestido por el cuello, le rompí la pechera, le arranqué el sostén. Eran unos pechos inmensos.  Volcánicos. Los besé. Luego llegué a la boca. Le había levantado el vestido y estaba trabajando con los calzones. De pronto, cayeron.  Y yo la tenía adentro. La atravesé ahí mismo, de pie. Después de hacerlo, la tiré de espaldas en el sofá. Su coño me miraba. Aún era tentador.

-Vete al baño- le dije-.  Límpiate.

Fui al refrigerador.  Había una botella de buen vino. Busqué dos vasos. Serví  dos tragos. Luego ella salió y le di un vaso. Me senté en el sofá a su lado.

-¿Cómo te llamas?

-Vera.

-¿Te gustó?

-Sí. Me gusta que me violen. Sabía que estabas siguiéndome. Te esperaba. Cuando subí en el ascensor sin ti creí que habías perdido el valor. Sólo me habían violado una vez. A las mujeres guapas nos resulta muy difícil conseguir un hombre. Todo el mundo piensa que somos inaccesibles. Es un infierno.

¡Violación!  ¡Violación! en Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones de CHARLES BUKOWSKI (1974).

Roberto llegó con un pañuelo negro en la mano. Se puso detrás de mí y me vendó, me dio vueltas y exclamó riendo: “Pareces la diosa fortuna”.
Sentí el interruptor de la luz y no logré ver nada más. Sentí los pasos y los susurros, luego dos manos me bajaron los pantalones, sacaron la polera y el sostén. Quedé en calzones y botas con taco aguja. Me vi vendada y desnuda.
De repente las manos fueron más, convirtiéndose en cuatro. Fue fácil distinguirlo ya que dos me palpaban los senos y dos bajaron, rozándome la verga sobre el calzón y me acariciaron el trasero. No logré sentir el olor de alcohol de Pino, quizás se lavó los dientes. Mientras empecé a excitarme sentí, detrás, el contacto con un objeto congelado, un vaso. Las manos siguieron tocándome, pero el vaso comprimió con más fuerza la piel. Asustada pregunté: “¿Quién es?”.
Una risita de fondo y luego una voz desconocida: “Tu barman, tesoro. No te preocupes, sólo te traje un trago”.
Me acercó el vaso a la boca y saboreé despacio la crema de whisky. Me lamí los labios y otra boca me besó con pasión mientras las manos siguieron acariciándome y el barman me dio que beber. Un cuarto hombre estaba besándome.
"Qué bonito culo tienes…", dijo la voz desconocida, "blando, cándido, duro. ¿Puedo darte un mordisco?".
Sonreí por la ridícula solicitud y contesté: “Error, no preguntes. Una cosa quiero saber: ¿cuántos son?”.
"Tranquila, amor", dijo otra voz a mis hombros. Y sentí una lengua lamer las vértebras de mi espalda. Ahora la imagen que tuve de mí tuve fue más seductora: vendada, medio desnuda, cinco hombres que me lamen, me acarician y se atreven con mi cuerpo… No oí una voz, sólo suspiros y caricias.
Y cuando un dedo se coló despacio en mi vagina sentí un impulso caliente y entendí que la razón estaba abandonándome. Me sentí se rendida al toque de sus manos y en mí estuvo viva la curiosidad de saber quiénes eran, cómo eran.
Cien cepilladas antes de dormir, MELISSA P. (seudónimo de Melissa Panarello). 2003 

Roberto llegó con un pañuelo negro en la mano. Se puso detrás de mí y me vendó, me dio vueltas y exclamó riendo: “Pareces la diosa fortuna”.

Sentí el interruptor de la luz y no logré ver nada más. Sentí los pasos y los susurros, luego dos manos me bajaron los pantalones, sacaron la polera y el sostén. Quedé en calzones y botas con taco aguja. Me vi vendada y desnuda.

De repente las manos fueron más, convirtiéndose en cuatro. Fue fácil distinguirlo ya que dos me palpaban los senos y dos bajaron, rozándome la verga sobre el calzón y me acariciaron el trasero. No logré sentir el olor de alcohol de Pino, quizás se lavó los dientes. Mientras empecé a excitarme sentí, detrás, el contacto con un objeto congelado, un vaso. Las manos siguieron tocándome, pero el vaso comprimió con más fuerza la piel. Asustada pregunté: “¿Quién es?”.

Una risita de fondo y luego una voz desconocida: “Tu barman, tesoro. No te preocupes, sólo te traje un trago”.

Me acercó el vaso a la boca y saboreé despacio la crema de whisky. Me lamí los labios y otra boca me besó con pasión mientras las manos siguieron acariciándome y el barman me dio que beber. Un cuarto hombre estaba besándome.

"Qué bonito culo tienes…", dijo la voz desconocida, "blando, cándido, duro. ¿Puedo darte un mordisco?".

Sonreí por la ridícula solicitud y contesté: “Error, no preguntes. Una cosa quiero saber: ¿cuántos son?”.

"Tranquila, amor", dijo otra voz a mis hombros. Y sentí una lengua lamer las vértebras de mi espalda. Ahora la imagen que tuve de mí tuve fue más seductora: vendada, medio desnuda, cinco hombres que me lamen, me acarician y se atreven con mi cuerpo… No oí una voz, sólo suspiros y caricias.

Y cuando un dedo se coló despacio en mi vagina sentí un impulso caliente y entendí que la razón estaba abandonándome. Me sentí se rendida al toque de sus manos y en mí estuvo viva la curiosidad de saber quiénes eran, cómo eran.

Cien cepilladas antes de dormir, MELISSA P. (seudónimo de Melissa Panarello). 2003 

Valérie se quitó el pantalón y la blusa. Yo me tumbé en la cama gemela. Los órganos sexuales son una fuente de placer permanente y disponible. El dios que nos hace desgraciados, que nos hace transitorios, vanos y crueles, también ha previsto esta débil forma de compensación. Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries. Y todo, además, completamente falto de interés: el endurecimiento de las fibras de colágeno, el crecimiento de las cavidades microbianas en las encías. Valérie separó las piernas encima de mi boca. Llevaba un calzón muy fino, de encaje malva. Aparté la tela y me humedecí los dedos para acariciarle los labios. Ella me abrió el pantalón y me cogió la verga en la palma de la mano. Empezó a acariciarme los testículos con suavidad, sin prisas. Yo doblé una almohada para tener la boca a la altura de su coño. En ese momento vi a una empleada que barría la arena de la terraza. Las cortinas estaban descorridas, y el ventanal abierto de par en par. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica resopló de risa. Valérie se enderezó e hizo un gesto para que se acercara. Ella se quedó donde estaba, dudosa, apoyada en la escoba. Valérie se levantó, dio unos pasos hacia ella y le tendió las manos.

Plataforma. MICHEL HOUELLEBECQ (2001)

Valérie se quitó el pantalón y la blusa. Yo me tumbé en la cama gemela. Los órganos sexuales son una fuente de placer permanente y disponible. El dios que nos hace desgraciados, que nos hace transitorios, vanos y crueles, también ha previsto esta débil forma de compensación. Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries. Y todo, además, completamente falto de interés: el endurecimiento de las fibras de colágeno, el crecimiento de las cavidades microbianas en las encías. Valérie separó las piernas encima de mi boca. Llevaba un calzón muy fino, de encaje malva. Aparté la tela y me humedecí los dedos para acariciarle los labios. Ella me abrió el pantalón y me cogió la verga en la palma de la mano. Empezó a acariciarme los testículos con suavidad, sin prisas. Yo doblé una almohada para tener la boca a la altura de su coño. En ese momento vi a una empleada que barría la arena de la terraza. Las cortinas estaban descorridas, y el ventanal abierto de par en par. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica resopló de risa. Valérie se enderezó e hizo un gesto para que se acercara. Ella se quedó donde estaba, dudosa, apoyada en la escoba. Valérie se levantó, dio unos pasos hacia ella y le tendió las manos.


Plataforma. MICHEL HOUELLEBECQ (2001)

me despierto. estoy tumbada apaciblemente y mis rodillas están abiertas al sol. le deseo y él está absolutamente dispuesto a servirme. en casa soy mahometana. de corazón soy una artista americana y no tengo la culpa. persigo el placer. persigo los nervios bajo vuestra piel. el estrecho pórtico. las capas. el rollo de vieja lechuga. adoramos el defecto. el lunar sobre el vientre de una ramera exquisita. una que no ha vendido su alma a dios. 
Babelogo, en Babel. PATTI SMITH (1978, minúsculas de la autora). Foto de Autumn Sonnichsen.

me despierto. estoy tumbada apaciblemente y mis rodillas están abiertas al sol. le deseo y él está absolutamente dispuesto a servirme. en casa soy mahometana. de corazón soy una artista americana y no tengo la culpa. persigo el placer. persigo los nervios bajo vuestra piel. el estrecho pórtico. las capas. el rollo de vieja lechuga. adoramos el defecto. el lunar sobre el vientre de una ramera exquisita. una que no ha vendido su alma a dios. 

Babelogo, en Babel. PATTI SMITH (1978, minúsculas de la autora). Foto de Autumn Sonnichsen.


Amor mío,  debo confesarte que los poetas, en general,  no todos, claro, lo tienen chico,  pero entusiasta.
Los pintores en cambio,  lo tienen grande y gordo,  pero débil como una ballena agónica, varada en una costa equivocada.
Los milicos y los pacos, imagino, lo deben tener duro y arqueado,  como sus corvos,
El tuyo mi amor, en cambio, es hermoso como un arcángel,pero está lleno de veneno.
 
Algunas consideraciones acerca del estado del arte en Chile, en Abyecta. ELIZABETH NEIRA (2003).

Amor mío, 
debo confesarte
que
los poetas, en general, 
no todos, claro,
lo tienen
chico, 
pero entusiasta.

Los pintores
en cambio, 
lo tienen grande y gordo, 
pero débil como una ballena agónica, varada en una costa equivocada.

Los milicos y los pacos, 
imagino,
lo deben tener duro y arqueado, 
como sus corvos,

El tuyo mi amor, en cambio,
es hermoso como un arcángel,
pero está lleno de veneno.

 

Algunas consideraciones acerca del estado del arte en Chile, en Abyecta. ELIZABETH NEIRA (2003).

Soy Candaules, rey de Lidia, pequeño país situado entre Jonia y Caria, en el corazón de aquel territorio que siglos más tarde llamarán Turquía. Lo que más me enorgullece de mi reino no son sus montañas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta, se enfrentan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotándolos, y a las bandas de fenicios, lacedemonios y a los nómadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer. Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas,  ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensación que me embarga es ésa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad. Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen las leyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantasía de mis súbditos. (A mis oídos llegan todas pero a mí no me enojan, me halagan.) Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su más hechicero volumen. Cada hemisferio es un paraíso carnal; ambos, separados por una delicada hendidura de vello casi imperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades embriagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar en un altar de esa religión bárbara de los babilonios que la nuestra borro. Es dura al tacto y dulce a los labios; vasta al abrazo y cálida en las noches frías, una almohada tierna para reposar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora del asalto amoroso. Penetrarla no es fácil; doloroso más bien, al principio, y hasta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perseverante, que no se arredran ante nada ni nadie, como las mías. Cuando le dije a Giges, hijo de Dascilo, mi guardia y ministro, que yo estaba más orgulloso de las proezas cumplidas por mi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velámenes de nuestro tálamo que de mis hazañas en el campo de batalla o de la equidad con que imparto justicia, el festejo con carcajadas lo que creía una broma. Pero no lo era: lo estoy.


Elogio de la madrastra, MARIO VARGAS LLOSA (1988)

Soy Candaules, rey de Lidia, pequeño país situado entre Jonia y Caria, en el corazón de aquel territorio que siglos más tarde llamarán Turquía. Lo que más me enorgullece de mi reino no son sus montañas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta, se enfrentan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotándolos, y a las bandas de fenicios, lacedemonios y a los nómadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer. Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas,  ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensación que me embarga es ésa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad. Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen las leyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantasía de mis súbditos. (A mis oídos llegan todas pero a mí no me enojan, me halagan.) Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su más hechicero volumen. Cada hemisferio es un paraíso carnal; ambos, separados por una delicada hendidura de vello casi imperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades embriagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar en un altar de esa religión bárbara de los babilonios que la nuestra borro. Es dura al tacto y dulce a los labios; vasta al abrazo y cálida en las noches frías, una almohada tierna para reposar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora del asalto amoroso. Penetrarla no es fácil; doloroso más bien, al principio, y hasta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perseverante, que no se arredran ante nada ni nadie, como las mías. Cuando le dije a Giges, hijo de Dascilo, mi guardia y ministro, que yo estaba más orgulloso de las proezas cumplidas por mi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velámenes de nuestro tálamo que de mis hazañas en el campo de batalla o de la equidad con que imparto justicia, el festejo con carcajadas lo que creía una broma. Pero no lo era: lo estoy.

Elogio de la madrastra, MARIO VARGAS LLOSA (1988)

24
no
tengo fuerzas
ni para levantarme
a ver abrir el portón
a mi vecina en jumper.
25
¿se
habrá
quitado
la falda
con la que la
vi?
26
un largo beso
en la mejilla
le dio esa liceana
a ese liceano.
27
tetas que hacen olvidar un culo,
y culos que hacen olvidar todo lo demás.
28
lo redondito
enloquece.
29
cara de santa
cara de puta:
the best.
30
estoy tratando de distinguir
las pajas por vicio
de las pajas por amor.
33
y
cuando
 no dé más
saldré a la
calle y me arrojaré
bajo las ruedas de la
primera mujer que pase.
Harakiri. Capítulo IV: Poesía hecha pedazos. CLAUDIO BERTONI (2005)

24

no

tengo fuerzas

ni para levantarme

a ver abrir el portón

a mi vecina en jumper.

25

¿se

habrá

quitado

la falda

con la que la

vi?

26

un largo beso

en la mejilla

le dio esa liceana

a ese liceano.

27

tetas que hacen olvidar un culo,

y culos que hacen olvidar todo lo demás.

28

lo redondito

enloquece.

29

cara de santa

cara de puta:

the best.

30

estoy tratando de distinguir

las pajas por vicio

de las pajas por amor.

33

y

cuando

 no dé más

saldré a la

calle y me arrojaré

bajo las ruedas de la

primera mujer que pase.

Harakiri. Capítulo IV: Poesía hecha pedazos. CLAUDIO BERTONI (2005)